Antihipertensivos y ejercicio: tensión arterial, frecuencia cardiaca, fatiga y deportes

Tomar medicamentos para la presión arterial no significa dejar de entrenar. En la mayoría de las personas con hipertensión bien controlada, el ejercicio sigue siendo una de las herramientas más importantes para proteger la salud cardiovascular. Lo que cambia es la forma en que debemos interpretar algunas respuestas del cuerpo durante el esfuerzo.

Esto se vuelve especialmente evidente con los betabloqueadores. Una persona acostumbrada a entrenar viendo su frecuencia cardiaca puede notar que, después de iniciar el tratamiento, el pulso ya no sube como antes. El reloj marca menos latidos, pero la respiración y las piernas dicen otra cosa. En ese momento, seguir persiguiendo las mismas zonas de frecuencia cardiaca puede ser más confuso que útil.

Otros medicamentos producen efectos distintos. Los diuréticos pueden hacer que hidratación, calor y pérdida de electrolitos cobren mayor importancia. Los IECA y los ARA-II suelen interferir menos con la respuesta cardiaca al ejercicio, aunque obligan a considerar función renal, potasio e interacciones con otros fármacos. Y algunos calcioantagonistas pueden afectar la frecuencia cardiaca, mientras que otros actúan principalmente sobre los vasos sanguíneos [1-4].

Por eso no existe una sola respuesta a la pregunta “¿cómo afectan los antihipertensivos al ejercicio?”. Depende del medicamento, la dosis, el tipo de deporte y, sobre todo, de la persona que lo toma.

Qué ocurre con la presión arterial cuando haces ejercicio

Durante una carrera, una sesión de bicicleta o cualquier actividad aeróbica, los músculos necesitan más sangre y más oxígeno. El corazón responde aumentando la cantidad de sangre que bombea por minuto y, de forma normal, la presión sistólica sube conforme aumenta la intensidad. La presión diastólica suele cambiar mucho menos.

Después de terminar ocurre algo interesante: los vasos sanguíneos de los músculos continúan dilatados durante un tiempo, por lo que la presión puede quedar temporalmente por debajo de los valores que había antes de entrenar. Este fenómeno se conoce como hipotensión postejercicio y es una de las razones por las que el ejercicio regular forma parte del tratamiento de la hipertensión [1,2].

En personas hipertensas, el entrenamiento aeróbico constante puede producir reducciones clínicamente relevantes de la presión arterial. Sin embargo, cuando el paciente ya utiliza medicamentos, la respuesta durante y después del ejercicio puede cambiar. No necesariamente para mal, pero sí lo suficiente como para que algunas sensaciones necesiten interpretarse de otra manera [1].

Betabloqueadores: cuando el pulso deja de contar toda la historia

Los betabloqueadores son probablemente los medicamentos que más modifican la experiencia de una persona que entrena monitoreando su desempeño con un reloj.

Fármacos como metoprolol, bisoprolol, atenolol, carvedilol, nebivolol o propranolol reducen la respuesta del corazón a la estimulación del sistema nervioso simpático. En términos sencillos, bloquean parte del efecto que ejercen la adrenalina y la noradrenalina sobre el corazón. Por eso disminuyen la frecuencia cardiaca y limitan la magnitud con la que ésta puede aumentar durante el ejercicio [5,6].

Imaginemos a un corredor de 48 años que durante años realizó sus rodajes moderados alrededor de 145 latidos por minuto. Después de iniciar un betabloqueador, descubre que ahora corre a una sensación de esfuerzo similar con 120 o 125 latidos. Si intenta “recuperar” los 145 acelerando, lo más probable es que termine entrenando mucho más fuerte de lo que pretendía.

La literatura muestra que los betabloqueadores reducen la frecuencia cardiaca durante el ejercicio y pueden disminuir la capacidad aeróbica máxima, aunque la magnitud del efecto varía según el medicamento, la dosis y la persona. La percepción subjetiva del esfuerzo sigue siendo útil, lo que explica por qué herramientas como la escala de RPE adquieren mayor importancia cuando el pulso está farmacológicamente limitado [5,6].

No todos los antihipertensivos afectan igual al deportista

Agrupar todos los medicamentos para la hipertensión como si hicieran lo mismo es un error frecuente. Cada familia actúa mediante mecanismos diferentes y, por lo tanto, tiene consecuencias distintas durante el ejercicio.

Los IECA y los ARA-II actúan sobre el sistema renina-angiotensina. Su principal efecto es disminuir la resistencia vascular y facilitar el control de la presión, pero generalmente no bloquean de forma importante el aumento fisiológico de la frecuencia cardiaca durante una sesión. Por eso suelen ser relativamente compatibles con el entrenamiento aeróbico desde el punto de vista del rendimiento [1,3].

Los calcioantagonistas requieren un poco más de precisión. Amlodipino y otros fármacos dihidropiridínicos actúan principalmente sobre los vasos sanguíneos. Verapamilo y diltiazem, en cambio, también pueden disminuir la frecuencia cardiaca. Decir simplemente “tomo un calcioantagonista” todavía no nos dice exactamente cómo puede responder el corazón al ejercicio [1].

Los diuréticos plantean otra situación. No suelen limitar el pulso como los betabloqueadores, pero modifican el manejo de agua y sodio. En una persona que entrena una hora en clima templado esto puede tener poca relevancia. En alguien que corre un medio maratón bajo calor, suda mucho y además llega ligeramente deshidratado, el contexto cambia por completo [3,4].

Esta es una idea que se repite a lo largo de todo el tema: el medicamento no actúa de manera aislada. Actúa dentro de un organismo que está entrenando.

Cómo utilizar la frecuencia cardiaca si tomas betabloqueadores

Las zonas de frecuencia cardiaca funcionan bien cuando la frecuencia cardiaca se comporta de una forma relativamente predecible. Si un medicamento modifica esa respuesta, las zonas anteriores pueden dejar de representar la misma intensidad fisiológica.

No significa que el reloj deje de servir. Significa que necesita reinterpretarse.

En estos casos, la percepción del esfuerzo puede ser especialmente útil. Una sesión fácil debe sentirse fácil; una sesión moderada debe permitir cierto control de la respiración; y un entrenamiento intenso debe sentirse exigente aunque el número de latidos sea menor que antes. Estudios realizados bajo bloqueo beta muestran que la percepción de esfuerzo conserva una relación útil con la intensidad fisiológica, aun cuando la frecuencia cardiaca está reducida [5].

Cuando el entrenamiento es importante para el paciente, una prueba de esfuerzo realizada mientras toma su medicación habitual puede ofrecer información mucho más útil que aplicar una fórmula de frecuencia cardiaca máxima obtenida en internet. Permite observar cómo responden el pulso, la presión arterial, los síntomas y la capacidad de ejercicio en condiciones reales [2].

Mareo después de entrenar: cuándo es esperable y cuándo no

Al terminar una sesión intensa, los vasos sanguíneos de las piernas permanecen dilatados durante algunos minutos. Si la persona se detiene de golpe, disminuye el bombeo muscular que ayuda a regresar sangre al corazón. Si además utiliza medicamentos que reducen la presión arterial, puede aparecer una sensación transitoria de mareo.

Por eso algunas personas toleran mejor una vuelta a la calma progresiva que detenerse inmediatamente después de una carrera o un intervalo.

Sin embargo, no todo mareo debe atribuirse al medicamento. Un desmayo durante el ejercicio, dolor en el pecho, palpitaciones sostenidas, dificultad respiratoria desproporcionada o síntomas neurológicos necesitan una valoración médica. La presencia de tratamiento antihipertensivo no explica automáticamente cualquier síntoma que aparezca durante el entrenamiento [2].

Antiinflamatorios, hidratación y otras interacciones que importan

Uno de los escenarios más relevantes para personas físicamente activas aparece cuando coinciden antihipertensivos, deshidratación y antiinflamatorios.

La combinación de un diurético, un IECA o ARA-II y un antiinflamatorio no esteroideo, como ibuprofeno o naproxeno, puede aumentar el riesgo de lesión renal aguda. Este riesgo se vuelve particularmente importante cuando la persona además pierde líquidos por sudoración, entrena durante muchas horas o compite bajo calor [8].

No significa que todo uso ocasional de un antiinflamatorio vaya a producir daño renal. Significa que la decisión no debería tomarse como si esos medicamentos existieran en compartimentos separados.

Algo parecido sucede con el potasio. Los IECA, los ARA-II y algunos diuréticos ahorradores de potasio pueden elevar sus niveles sanguíneos. Por eso tampoco es correcto asumir que cualquier bebida con electrolitos o sustituto de sal es automáticamente beneficioso para toda persona que entrena [1].

Antihipertensivos y antidopaje

Aquí conviene ser preciso porque se presta a muchas confusiones.

Los diuréticos se encuentran dentro de la categoría S5 de la Lista Prohibida de WADA y están prohibidos tanto dentro como fuera de competencia. Esto incluye medicamentos utilizados de forma completamente legítima para hipertensión, como hidroclorotiazida, furosemida, clortalidona o espironolactona [9].

Los betabloqueadores siguen reglas diferentes. No están prohibidos en todos los deportes. Su restricción se concentra en disciplinas donde disminuir el temblor, la frecuencia cardiaca o la respuesta de ansiedad puede representar una ventaja competitiva, como tiro deportivo, tiro con arco, golf y otras disciplinas específicas [9].

Por eso un corredor que utiliza un betabloqueador no necesariamente enfrenta el mismo problema reglamentario que un tirador.

La regla práctica es sencilla: si compites bajo una organización que aplica el Código Mundial Antidopaje, revisa el principio activo exacto y no solo el nombre comercial. Si el medicamento está prohibido y existe una indicación médica legítima, puede ser necesario tramitar una Autorización de Uso Terapéutico [9,10].

Suspender un antihipertensivo por cuenta propia antes de competir nunca es una buena estrategia.

Entrenar con hipertensión: el objetivo es interpretar mejor el cuerpo

El tratamiento de la hipertensión y el entrenamiento no son objetivos opuestos. En la mayoría de los pacientes, deberían formar parte del mismo plan.

Un betabloqueador puede cambiar el significado de la frecuencia cardiaca. Un diurético puede hacer que hidratación y calor tengan mayor peso. Un IECA o ARA-II puede obligar a vigilar con más atención función renal, potasio e interacciones. Y un medicamento perfectamente válido desde el punto de vista clínico puede tener implicaciones antidopaje en determinadas disciplinas [1,5,8,9].

Nada de esto significa que una persona tratada deba entrenar con miedo.

Significa que necesita interpretar mejor lo que ocurre.

Cuando la presión está controlada, no hay síntomas preocupantes y el tratamiento se tolera bien, la actividad física continúa siendo una herramienta fundamental para la salud cardiovascular. Si algo cambia —el pulso ya no responde igual, aparece fatiga nueva, hay mareos recurrentes o el rendimiento cae de forma inexplicable— conviene revisar el contexto antes de culpar al entrenamiento o abandonar el medicamento.

La medicina del deporte aporta justamente esa mirada: entender qué parte de la respuesta pertenece al ejercicio, cuál al medicamento y cuál merece estudiarse con mayor profundidad.

Aviso médico

Este contenido es informativo y no sustituye una valoración médica individual. No suspendas, inicies ni modifiques un medicamento antihipertensivo para mejorar el rendimiento o cambiar tu frecuencia cardiaca durante el ejercicio.

Busca valoración médica si presentas dolor torácico, desmayo, falta de aire importante, palpitaciones sostenidas, síntomas neurológicos o una disminución marcada e inexplicable de tu capacidad para hacer ejercicio.

Referencias

  1. McEvoy JW, McCarthy CP, Bruno RM, et al. 2024 ESC Guidelines for the management of elevated blood pressure and hypertension. Eur Heart J. 2024;45(38):3912-4018. doi:10.1093/eurheartj/ehae178. PMID: 39210715.
  2. Pelliccia A, Sharma S, Gati S, et al. 2020 ESC Guidelines on sports cardiology and exercise in patients with cardiovascular disease. Eur Heart J. 2021;42(1):17-96. doi:10.1093/eurheartj/ehaa605. PMID: 32860412.
  3. Tso JV, Kim JH. Hypertension in Athletes: Clinical Implications and Management Strategies. Card Electrophysiol Clin. 2024;16(1):15-24. doi:10.1016/j.ccep.2023.09.004. PMID: 38280811.
  4. Wu AH, Patzsch R, Cornett A. The masters athlete and use of antihypertensive medications. Postgrad Med. 2024;136(8):823-832. doi:10.1080/00325481.2024.2426449. PMID: 39499147.
  5. Mitchell BL, Davison K, Parfitt G, Spedding S, Eston RG. Physiological and Perceived Exertion Responses during Exercise: Effect of β-blockade. Med Sci Sports Exerc. 2019;51(4):782-791. doi:10.1249/MSS.0000000000001845. PMID: 30439785.
  6. Ladage D, Schwinger RHG, Brixius K. Cardio-selective beta-blocker: pharmacological evidence and their influence on exercise capacity. Cardiovasc Ther. 2013;31(2):76-83. doi:10.1111/j.1755-5922.2011.00306.x. PMID: 22279967.
  7. Systematic review and meta-analysis of β-blockers in patients with asthma: respiratory function and clinical implications. Front Physiol. 2025. doi:10.3389/fphys.2025.1582740. PMID: 40786074.
  8. Calvo DM, Saiz LC, Leache L, Celaya MC, Gutiérrez-Valencia M. Acute kidney injury and morbi-mortality associated with “triple whammy” combination: systematic review and meta-analysis. Br J Clin Pharmacol. 2025;91(11):3031-3041. doi:10.1002/bcp.70263. PMID: 40876867.
  9. World Anti-Doping Agency. The 2026 Prohibited List. WADA; 2026. Effective January 1, 2026.
  10. World Anti-Doping Agency. Therapeutic Use Exemption Physician Guidelines and Cardiovascular Conditions Checklist. WADA.

Publicaciones Similares